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Domingo 23 de mayo de 2010
El Cristo mapuche se perdió en el mar

-¡Por qué me van a castigar! ¡Qué me van a hacer!

El vía crucis de José Luis Painecur comenzó al atardecer del 22 de mayo de 1960. Antes de eso, un rumor como salido del infierno remeció la tierra y echó abajo los árboles y las rucas, derribando también a mujeres y hombres, como si el suelo que pisaban se hubiese transformado en una insensata madeja, que alguien decidió desenrollar de un solo golpe.

 

Lo peor vino después: el mar embravecido se derramó sobre Collileufu, arrebatando de un manotazo las siembras de papas, ahogando el cacareo de las gallinas y esculpiendo en el rostro de los mapuches una máscara de miedo, que de la mueca dejada por el terremoto pasó a convertirse en un rictus permanente.

 

En algún punto de esa trágica tarde, por sobre los gritos de pavor y el llanto se impuso el sonido de los kultrunes llamando a una ceremonia ancestral. Asustados, temblorosos, los mapuches de Collileufu corrieron al más poderoso de sus altares ceremoniales, el cerro La Mesa. Allí, bajo un manto de oscuras nubes y envueltos en el frío viento del ocaso, bailaron y rogaron para que amainara la furia de la naturaleza.

 

Mientras las olas golpeaban los pies del cerro, amenazando con desbordarlo, la machi Juana Namuncura recibió una revelación divina: para que la tierra y el agua se aquietaran, había que sacrificar a un niño.

 

“Traigan al nieto de Juan Painecur”, habría exigido la machi Juana, presa aún del rapto místico que selló el destino de un niño de cinco años, un “huachito”, el hijo de la Rosa, que lo había dejado al cuidado de su padre para irse a trabajar como nana a Santiago.

 

El abuelo de José Luis, Juan Painecur Paineo, titubeó cuando llegaron hasta su ruca a exigirle que entregara al niño, pero su hermano Manuel terminó por convencerlo, recordándole lo que su padre tantas veces les había dicho: que cuando viene un gran estropicio, el sacrificio de una persona puede ser el más santo de los remedios.

 

El vía crucis se hizo a caballo, con el niño galopando en las ancas e intentando descifrar el porqué de su suerte.

 

-¡Por qué me van a castigar! ¡Qué me van a hacer! -gritaba José Luis con su débil voz, que pese a lo frágil resonó en el lago Budi como la última prédica de un Cristo que ni siquiera había alcanzado edad para las tentaciones.

 

En el ritual de su muerte no hubo clavos en las manos, corona de espinas en la frente ni lanzas en el costado. Anclado a una cruz invisible, el cuerpo de José Luis terminó perdiéndose entre las olas, porque el mandato de la machi fue que lo lanzaran al mar.

 

Presos por “brujos”

A Collileufu se llega, desde Puerto Saavedra, en la Región de La Araucanía, avanzando nueve kilómetros por un camino de ripio, con dirección al lago Budi. A la orilla de la vía, de tanto en tanto, es posible observar una casa encaramada en una loma o bien hundiendo sus cimientos en el valle. En la época del cataclismo, esta ruta no existía. Había apenas una huella que hacía difícil el acceso de los vehículos, y sólo hasta cierto tramo del camino.

 

El aislamiento en que vivían en 1960 los habitantes de Collileufu, comunidad lafkenche en que los adultos hablan principalmente en mapudungún, explica que la noticia de la inmolación demorara varios días en cruzar los cerros y llegar a oídos de las autoridades chilenas.

 

Fue un niño de una comunidad cercana a Collileufu, con su inocencia infantil, quien alertó sobre la muerte de José Luis Painecur, según narra una crónica publicada en junio de 1960 en la revista Vea.

 

- Oiga peñi, allá donde yo vivo nos robaron dos caballos – le habría dicho el pequeño a un dirigente mapuche de la comuna de Nueva Imperial, donde el menor se encontraba albergado. Los ladrones son de Collileufu. Esos pillos nos robaron los caballos para comérselos en la rogativa en que mataron al niñito y lo arrojaron al mar.

 

La denuncia no tardó en ser conocida por Carabineros y el teniente Mario Urrutia tampoco demoró en ponerse en marcha con su contingente hacia Collileufu, donde detuvieron por el delito de homicidio a cinco personas: la machi Juana Namuncura, el abuelo del niño, Juan Painecur, junto a Juan Paiñán, Julio Cuminao –hijastro de la machi- y Manuel Painecur, tío abuelo de la víctima.

 

Como consigna la revista Vea, cuando los uniformados trasladaron hasta Nueva Imperial a los detenidos, una turba enardecida los golpeó hasta dejarlos inconscientes. Estos malos tratos también vinieron desde la prensa, que en esa época los trató de “hechiceros” y “brujos”.

 

De los cinco inculpados, sólo el abuelo de la víctima y Juan Paiñán fueron procesados, como autores materiales de la muerte del pequeño. El proceso judicial en su contra duró hasta octubre de 1962, fecha en que la jueza de Nueva Imperial, Esther Valencia, los declaró inocentes por considerar que todos los mapuches que participaron en el sacrificio habían actuado bajo los influjos de una fuerza psíquica irresistible e impulsados por un miedo insuperable. Para tomar esta decisión, la magistrado consideró la declaración de los protagonistas e informes antropológicos que señalaban que el sacrificio fue realizado siguiendo las tradiciones ancestrales del pueblo mapuche, y con el objetivo de restablecer el equilibrio entre el ser humano y la naturaleza.

 

La propia machi Juana Namuncura lo explicó así al tribunal, según consta en el expediente de la causa: “Los cataclismos son penas por los pecados de la gente (…) Los sacrificios de animales pueden aliviar los terremotos y posponerlos si se ofrecen cada cuatro años. Pero ahora los pecados de la gente son demasiado grandes para pagarlos con sacrificios normales”.

La revista Vea también cita la declaración de la machi al tribunal, aunque en palabras más sencillas: “Tú tienes que saber que para un grande mal se emplea un remedio muy grande. ¡Animales era poca cosa! ¡Temblor mucho!”

 

No hay certeza sobre la manera en que murió José Luis Painecur. Las versiones periodísticas de ese tiempo se confunden con los relatos recogidos en Collileufu por investigadores de las ciencias sociales durante estos últimos 50 años. Algunos de estos testimonios señalan que lo arrojaron vivo al mar, otros que lo desangraron, que lo desmembraron y lo lanzaron al agua luego de arrancarle el corazón.

 

Tampoco hay consenso en cuanto al día en que ocurrió el sacrificio. La prensa situó el hecho el 5 de junio, mientras el expediente judicial establece que fue el 22 de mayo, horas después del terremoto.

 

La única certeza irrefutable es que el cuerpo de José Luis nunca apareció, como si se hubiera fundido con las olas que hasta hoy intentan alcanzar los pies del cerro La Mesa.

 

La madre

Personas como sombras, un pájaro robándose un pollo, y ella, la joven Rosa Painecur, gritando y gritando que se lo llevaban, que se perdía para siempre.

 

Sorprendida en mitad de la noche, bajo el cielo ajeno de la casa de sus patrones en Santiago, la madre mapuche sabría una semana después que ese sueño no fue casualidad, sino que el anuncio de un dolor que, medio siglo más tarde, aún palpita en sus entrañas.

Rosa contaba cinco meses trabajando en la capital, hasta donde llegó gracias a una tía. Nunca antes había abandonado su tierra y, lo más difícil, era la primera ocasión en que se separaba de su niño, José Luis. “Casi me morí”, dice entre sollozos al recordar ese adiós, pero la falta de medios para subsistir no le dejó otra alternativa que emigrar.

 

“Era bonito el cabrito, era alentado, cuidaba ovejas donde su abuelito. Lo dejé donde él cuando salí yo”, explica en un español casi en desuso, tras cincuenta años en que sólo ha tenido la compañía de Antonia Llaima, una vecina de ese entonces que hoy ya es casi su hermana.

 

“Quedó sola, igual como una estaca”, comenta.

Ambas comparten una casa en Conin Budi, a un par de kilómetros del lago, desde que el sacrificio hizo que rompiera toda relación con su padre.

 

Y es que una de las principales versiones de la inmolación del pequeño, de quien nunca se conoció padre, dice que fue el propio anciano quien lo condujo hasta el cerro La Mesa. “Lo llevó engañado (…) tanta cosa que dijo, yo no pude hablar con él, al tiro lo agarré preso no más, lo denuncié”, se lamenta todavía Rosa, recalcando con lágrimas que esa pena no se borrará nunca y que el perdón seguirá siendo en su alma una palabra prohibida, a pesar de que la muerte de su hijo habría permitido restablecer el orden perdido. “No los perdoné… todos murieron de viejos”, señala esta madre, que nunca más volvió a salir más allá de Puerto Saavedra.

 

Hermano espiritual

“Para mí, tú, pequeño José Luis, hermano, eres el mejor/ Poeta que escribiste con tu sangre el poema mejor/ hilvanado e inmortalizaste Lago Budi, Cerro La Mesa, y dibujaste con tus/ pequeños dedos inocentes y con tus pies dejaste huellas imborrables para/ siempre, arenas, piedras y rocas son testigos claves de tu gran escrito".

 

Así homenajea Lorenzo Aillapán, el Hombre Pájaro (Üñümche), la memoria de José Luis Painecur.

 

No duda en nombrarlo como “Jesucristo mapuche”, una denominación que en su pecho cobra doble significado, ya que siente que el destino del niño inmolado también pudo haber sido el suyo. “Si hubiera pasado el terremoto y maremoto en el año 1947, por ejemplo, yo habría sido el elegido, llevado al mar, descuartizado como un cordero...”, dice Aillapán, huérfano de padre y madre, una de las condiciones para ser ofrendado en sacrificio, además de tener entre 4 y 7 años de edad. “Más grande se daría cuenta o podría escapar. Pero también me contaban ancestros que hay una especie de hierba que se le daba al niño antes de ser sacrificado y no sentía dolor y se entregaba”.

 

La relación de Aillapán con esta historia se vio reforzada cuando, a mediados de los ‘80, llegó hasta Puerto Saavedra el periodista e investigador estadounidense Patrick Tierney, interesado en recabar antecedentes sobre el tema.

El Hombre Pájaro se convirtió en su ayudante y le facilitó el acceso hasta varios de los involucrados, entre ellos la propia machi Juana Namuncura. El producto de la investigación de Tierney se recoge en el libro “The highest altar” (“Un altar en las cumbres”, en su edición hispana) que recopila diversos sacrificios humanos realizados en la zona de Los Andes (Perú, Bolivia, Argentina) y también el ritual del cerro La Mesa.

 

La orden viene de arriba

El último sacrificio humano documentado entre los mapuches fue el de José Luis Painecur, pero no se puede asegurar que no vaya a existir otro.

 

Los mapuches se explican los terremotos y maremotos como castigos que les son enviados por haberse alejado de sus tradiciones ancestrales, rompiendo el equilibrio que deben mantener con la tierra. A eso atribuyen la catástrofe de 1960 y también el reciente cataclismo que azotó con mayor fuerza a las regiones del Maule y Bíobío.

 

Ese día, el 27 de febrero, cuenta Leonardo Calfuelo, wewpife (filósofo) de Collileufu, los lugareños volvieron a subir a los cerros donde se enclavan sus sitios ceremoniales, para realizar rogativas en las que sacrificaron pollos y cerdos, derramando la sangre en el océano. De esta forma pretendían evitar que el mar de desbordara. “Y dio resultado, porque las olas pasaron de largo”, dice.

En mayo del ‘60, agrega, fue distinto y a su comunidad no le quedó otra opción que inmolar al muchacho.

“La naturaleza le dijo a la machi que tenía que ofrecer un niño en sacrificio, porque no había otra forma de parar eso. Esto se hacía desde tiempos muy antiguos, pues somos un pueblo milenario”, explica Calfuleo sin despegar la vista del mate recién cebado.

 

Y si el 27 de febrero el mar hubiese golpeado nuevamente esta zona, como hace 50 años, ¿pudo ocurrir nuevamente un sacrificio?

- Ese saber viene indicado de arriba y el culpable no es el que está haciendo la rogativa. Tenemos una cosmovisión y de arriba llega el mensaje sobre qué debe hacer la machi. Yo no podría decir que sí o no. Se haría no más.

 

Colaboración:

Daniel Carrillo-Rodrigo Obreque