Usted está en : Portada : Editorial Martes 21 de marzo de 2006

Premio Elena Caffarena

Hace algunos días se produjo una triste polémica en torno a la entrega de los Premios Elena Caffarena, reconocimiento o- torgado anualmente por el gobierno a las mujeres que se destacan en sus respectivos ámbitos de trabajo, dirigencia, creación artística, aporte en los medios de comunicación y otras áreas.

Este galardón fue creado en homenaje a la dirigenta que consiguió el voto femenino y, por extensión, para recordar a todas aquellas damas que han luchado por los derechos de las mujeres, aquellas que consiguieron la educación universitaria, las que lograron la ciudadanía, las que denunciaron los abusos, las que abrieron puertas al mundo del trabajo, las que hoy abogan por igualdad de oportunidades tanto en lo público, como en lo privado, al interior de los hogares.

Se trata, entonces, de un premio muy significativo, que además se otorga en el Día Internacional de la Mujer, una fecha simbólica que a nivel internacional nos invita a revisar y a reflexionar sobre las condiciones en que vive la mitad de la población mundial.

Recibir el Premio Elena Caffarena -así como otros similares instituidos con el mismo objetivo- constituye un orgullo y una alegría, porque ellos también son señales de la visualización del esfuerzo de las mujeres, muchas veces ignorado por culpa de la discriminación, que tiene tantos rostros en nuestra sociedad.

Este año fueron distinguidas mujeres de amplios méritos en la Región de los Lagos y en especial en Valdivia, donde las decisiones fueron aplaudidas y compartidas por la opinión pública, conocedora de los logros gremiales, políticos y deportivos de las elegidas.

No hay discusión posible en torno a la acertada determinación de sus nombres; sin embargo sí existió cuestionamiento frente al desarrollo del proceso en forma global. Se habló de un intento de intervención política y quedó en el aire una discusión que es necesario aclarar o tomar las medidas para que no se repita, porque cuando se pone en tela de juicio la trasparencia de un proceso público, es preciso actuar para que la confianza en el se mantenga. Más aún cuando se trata de una actividad de esta naturaleza, que busca eliminar las desigualdades, que precisamente aboga por eliminar las distinciones entre una persona y otra ya sea a causa de su sexo, sus creencias o situación social.

En este caso hubo una reacción oficial fuerte para desvirtuar las afirmaciones disidentes. El tema quedó desmentido y aparentemente zanjado, pues no ha vuelto a la agenda pública, pero no se puede negar que -si existió efectivamente un afán de intervención- produjo un remezón que siembra desilusiones y que contradice todos los discursos, pues no habría coherencia entre la prédica y la práctica. Y eso sería grave, no sólo para este premio y para esta ocasión, sino para todas aquellas instancias en que existen postulaciones y se deben evaluar los méritos de las personas, sin mirar sus ideologías o los beneficios que tal o cual nombramiento puede traer para el que decide.

Es necesario insistir en que las mujeres premiadas este año sobrecalifican para este galardón. Lo merecen de sobra y nadie debe cuestionarlas. Nadie lo ha hecho. Tampoco está en duda el espíritu que mueve al Servicio Nacional de la Mujer (Sernam) para rendir estos homenajes necesarios y merecidos; la que sí debe ser revisada es la fórmula como opera el sistema, para que no existan malos entendidos, para que nada sea interpretado como presión, para que el espíritu igualitario que movió la vida de Elena Caffarena sea efectivamente honrado en nuestros días.

 
 
 
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